El año en que el fuego nos cambió a todos

Todavía me acuerdo del olor. Ese olor a quemado que se te queda en la ropa, en el pelo, te irrita la garganta… y que no se va. El año pasado en Galicia no fue un verano normal. Fue uno de esos veranos que recuerdas de por vida. Y de los que te marcan y te abren los ojos. Yo siempre he vivido rodeada de monte, de árboles, de silencio… y de repente todo eso empezó a volverse negro.

Al principio eran noticias que oíamos de pasada. “Ha habido un incendio en tal zona”, “Ha sido controlado otro foco” … cosas que escuchas y piensas que son normal para la época del año. Pero no fue normal, ese año no. Cada día había más y estaban más cerca. Cada día el cielo estaba más gris, y el aire más pesado. Y llegó un momento en el que ya no hacía falta encender la tele. Solo con mirar por la ventana sabías lo que estaba pasando.

Recuerdo las noches sin dormir. Helicópteros pasando sin parar, sirenas, las conversaciones de la gente que tenía miedo. Todos los días sentía un dolor en el pecho y mucho miedo de que me levantara por la mañana y viera todo mi alrededor en llamas.

Esto estaba afectado a otros… hasta que llegó a la aldea de mi tía abuela. Y lo que pasó allí… no se me va a olvidar en la vida.

 

La casa de mi tía abuela, reducida a nada

Mi tía abuela llevaba toda la vida en esa casa. Era de piedra, como casi todas las de nuestros pueblos, con su huerta, sus gallinas… llevaba una vida tranquila. Yo he pasado allí veranos enteros de pequeña. Recuerdo correr por el terreno, el olor a leña, las comidas con los primos y los tíos… era uno de mis hogares…

Cuando nos llamaron para decirnos que el fuego estaba cerca, nadie quería creerlo. Así que fuimos todo lo positivos que pudimos y pensamos que llegarían pronto y lo extinguirían… intentábamos convencernos de que no iba a llegar. Pero llegó. Y llegó con una fuerza que no te imaginas hasta que lo ves.

Nos contaron que tuvieron que salir corriendo. Mi tía abuela apenas pudo coger cuatro cosas. Los vecinos ayudándose unos a otros, gritando, intentando sacar lo que podían mientras el fuego avanzaba. Solo llegó Protección civil para evacuarlos a todos… Pero los bomberos, con tantos incendios activos no daban abasto y no llegaron a tiempo.

Cuando volvimos días después… aquello no era la aldea que yo conocía. Era un paisaje gris, quemado, silencioso y humeante. La casa… no estaba. Quedaban piedras, cenizas y poco más. Y verla a ella, de pie delante de eso, sin llorar siquiera, como en shock… eso fue lo peor.

 

Esto no viene de ahora

Estas cosas no son nuevas para mí. Yo llevo viendo cosas desde pequeña que ya me hacían sentir que algo no iba bien por Galicia.

En el pueblo siempre ha pasado el río Avia. Para nosotros era lo normal ir a bañarnos, pescar… fue parte de nuestra vida. Pero con los años, eso empezó a cambiar. El agua ya no era igual. Había días en los que olía raro, en los que se veían cosas flotando que no deberían estar ahí. Una especie de espuma blanca y densa que, a veces, se acumulaba en los remolinos…

Luego se demostró que había una empresa vertiendo residuos en él… Pero tampoco pasó nada. La empresa se llevó una buena multa y “dejó de hacerlo” … o eso nos hicieron pensar. El agua sigue viniendo sucia a veces. En fin, es como si pudieran hacer lo que les diera la gana.

Yo no lo entendía. ¿Cómo puede ser que algo tan evidente no se controle? ¿Cómo puede ser que se permita destrozar así algo que es de todos? Y con los incendios me pasó lo mismo. No podía dejar de pensar que esta exageración era solo el verano o el cambio climático.

 

Crecer en la naturaleza y verla desaparecer

Yo me he criado en el monte. Mi infancia ha sido de ensuciarme las manos, de trepar árboles, de pasar horas fuera sin saber la hora. Y ahora miro alrededor y siento que estoy perdiéndolo.

Cada año hay menos vida. Menos montes verdes. Menos de todo. Zonas que antes eran frondosas ahora están secas o directamente arrasadas. Y no solo por los incendios, también por instalaciones de parques eólicos o porque han decidido talar esas zonas. Es todo en general. Como si poco a poco fuéramos desgastando algo que no se puede recuperar tan fácilmente.

Tengo tanta impotencia por ver lo que pasa y no poder hacer nada. De depender de que alguien actúe, de que alguien controle, de que alguien proteja lo que queda.

Ahí fue cuando empecé a pensar en serio en hacer algo yo. No quedarme solo en quejarme o preocuparme. Hacer algo de verdad. Y fue cuando empecé a informarme sobre lo que hacen los agentes medioambientales.

Porque hasta ese momento, lo reconozco, no tenía ni idea de todo lo que implicaba ese trabajo. Y cuanto más leía… más claro tenía que era algo totalmente necesario.

 

Descubriendo el trabajo de los agentes medioambientales

Cuando me puse a investigar de verdad, me di cuenta de lo equivocada que estaba. Yo, como mucha gente, pensaba que un agente medioambiental era alguien que daba vueltas por el monte vigilando. Pero ese pensamiento es simple e injusto…

Porque ellos están en absolutamente todo. Son los ojos que vigilan lo que todos dan por hecho. Los que recorren zonas donde no llega nadie, los que conocen cada rincón, cada cambio raro en el terreno, cada señal de que algo no va bien. Ellos trabajan pisando tierra, oliendo humo antes de que lo huela nadie más y detectando las cosas que a nosotros se nos escapan.

Nosotros siempre vemos los incendios cuando ya están fuera de control y cuando salen en las noticias. Pero, durante todo el año, ellos están trabajando para intentar evitarlos. Controlar que no haya acumulación de material inflamable, vigilar que no se hagan quemas ilegales, revisar zonas donde el riesgo es más alto… eso también salva montes, aunque no salga en ningún sitio.

Hay leyes que protegen el medio ambiente, sí, pero si nadie las hace cumplir… no sirven de nada. Y ahí están ellos. Controlando que no se construya donde no se debe, que no se contamine, que no se exploten recursos sin control. Porque parece que no, pero hay muchísimas cosas que se hacen mal, y si no hay alguien vigilando, se normalizan.

También son ellos los que están tras el tema de los vertidos ilegales en ríos, la caza furtiva, el envenenamiento de animales, la tala sin permiso… Son los que recogen pruebas y lo denuncian. Son la policía de la naturaleza, pero sin el reconocimiento que tienen otros cuerpos.

Incluso están metidos en el tema de los incendios. En entender cómo se comportan, saber por dónde pueden avanzar, analizar el terreno, el viento, la humedad… y, sobre todo, detectar cuándo algo no es normal. Si un incendio es provocado, ellos son los que saben cómo demostrarlo.

Me sorprendió mucho el conocimiento técnico que tienen que tener. Tienen que saber de legislación, de biología, de gestión forestal, de cartografía… es una profesión seria, compleja, que requiere preparación de verdad. Si ellos no estuvieran, seguro que todo lo que estábamos viviendo podría ir muchísimo peor.

Y fue en ese momento cuando pensé: ¿y si me dedicara a esto?

 

Lo que hizo que me decidiera firmemente

Contacté con la academia INAFO, porque tenía dudas y mucha curiosidad… y la verdad es que la conversación fue lo que terminó por decidirme.

Ellos me lo explicaron. Cómo es la formación, qué necesitaba, qué tipo de pruebas hay, cómo es realmente el trabajo. Pero lo que más me llamó la atención fue el cómo me lo decían… Notaba que no era solo un trabajo para ellos. Tenían vocación. Me hablaban de proteger la naturaleza, de hacernos responsables de cuidar y mantener nuestro entorno. De ser parte activa en la defensa del medio ambiente.

Y recalcaron lo importante que era estar preparado para desempeñar una profesión como esa. Porque no era algo que se pudiera hacer sin formación completa y en condiciones. Hay leyes, protocolos, conocimientos técnicos… es un trabajo exigente. Porque también existen riesgos, no solo con los incendios también con los animales, las personas…

Gracias a todo lo que me dijeron, empecé a entender toda la responsabilidad y el compromiso que necesitaría tener si quería dedicarme a algo así. Había dos vertientes posibles ahora mismo en mi vida… O bombera forestal o agente medioambiental. Pero donde más cosas podía hacer en general por el medio ambiente era siendo agente medioambiental. Así que me decanté por esa.

 

Los incendios y las cosas que escuché

Desde lo que pasó el año pasado, no puedo evitar darle vueltas a todo esto todo el tiempo. A cómo empezaron los incendios, a por qué se repitieron tanto, a por qué hay zonas que arden una y otra vez.

Escuché muchas cosas. Algunas suenan a teorías, otras tienen más sentido. Hay gente que habla de intereses económicos de empresas, de gente del monte que quiere alejar lo salvaje de sus animales… de terrenos que cambian de uso, negligencias, incluso gente que provoca incendios para reabrir minas antiguas. No sé qué hay de cierto en todo, pero está claro que no es casualidad.

El año pasado ardieron muchos lugares estratégicos… Y a muchos nos cuesta creer que sean simples accidentes. Y eso es lo que más miedo me da. Que haya algo detrás más grande que los agentes o la policía, queriendo que esto pase… ¿Qué podríamos hacer para frenarlo si así fuera?

De todos modos, no pienso echarme atrás porque sé que el papel de los agentes medioambientales es muy importante. Ellos son los que pueden investigar, controlar, detectar cosas que los demás no vemos. Y pienso convertirme en parte de esa barrera.

 

Querer formar parte del cambio

Después de todo esto, lo tengo bastante claro. Quiero intentarlo. Quiero formarme, prepararme y ver si puedo llegar a ser agente medioambiental. No sé si lo conseguiré, pero al menos no me voy a quedar con la sensación de no haber hecho nada.

Es muy fácil quejarse, enfadarse, criticar cosas… pero lo que se necesita para cambiar las cosas realmente es a gente que esté ahí, que actúe y que se implique de verdad.

Yo ya no veo esto como un trabajo futuro con el que ganar dinero. Lo veo como una forma de devolverle algo a todo lo que me ha dado la naturaleza. A todos esos años creciendo en un entorno que ahora está en peligro. Es mi hogar y voy a defenderlo.

Y, por supuesto, también voy a proteger a gente como mi tía abuela. A pueblos enteros como el mío, que pueden desaparecer en cuestión de horas. A ríos que dejan de ser lo que eran.

Ojalá más gente se planteara esto. Porque lo que está pasando es terrible y real, y va a más.

 

No podemos seguir mirando hacia otro lado

Creo que estamos en un punto en el que hay que reaccionar. De verdad. No solo a nivel individual, sino como sociedad. Porque esto no es solo responsabilidad de unos pocos. Estoy viendo como están pasando cosas que nos afectan a cada sector de la sociedad y nos están quitando cosas poco a poco. Estoy muy preocupada.

Yo vivo en la naturaleza y voy a hacer mi parte. Luchar por ella… Espero que todo el mundo haga su parte con todo lo que está pasando.

Necesitamos más control, más prevención, más conciencia. Y, sobre todo, más respeto. La naturaleza no es infinita, está viva y le estamos haciendo mucho daño.

Ojalá despertemos. Porque si seguimos así… lo que hoy nos parece grave, mañana será lo normal. Y entonces sí que no habrá vuelta atrás.

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