Desafío transatlántico: La relación entre Estados Unidos y Europa

La relación transatlántica entre Estados Unidos y Europa ha constituido históricamente el eje central del orden liberal occidental. Fundada sobre los pilares de la seguridad colectiva a través de la OTAN y la prosperidad económica mutua, esta alianza ha servido como garante de la estabilidad global durante más de siete décadas. Sin embargo, en el transcurso del siglo XXI, este vínculo fundamental ha experimentado un desgaste notorio, causado por profundas divergencias estratégicas y económicas. La alineación automática que definió el periodo de la Guerra Fría ha dado paso a una relación más compleja, transaccional y marcada por la búsqueda de la autonomía europea.

El actual panorama geopolítico revela una reorientación de las prioridades de Washington, cuyo foco principal se ha desplazado hacia la contención de China y la dinámica del Indo-Pacífico. Este cambio obliga a Europa a enfrentar su vecindario inmediato, desde la guerra en Ucrania hasta la inestabilidad en el Norte de África, con menor certeza sobre el apoyo incondicional de su aliado. Las fricciones se manifiestan en tres ámbitos clave: la seguridad compartida, la competencia económica impulsada por el proteccionismo verde y la gestión de la compleja relación con Beijing. Es necesario analizar estos factores de tensión para comprender el futuro de la alianza transatlántica y su impacto en el escenario mundial.

 

La seguridad en entredicho: de la dependencia a la autonomía estratégica

El área de defensa se mantiene como el punto más álgido del debate transatlántico. La administración estadounidense, sin importar quien esté al mando, ha insistido reiteradamente sobre su necesidad de que los miembros europeos de la OTAN asuman una mayor responsabilidad financiera y militar, elevando el gasto en defensa hasta el 2% del Producto Interior Bruto (PIB). Esta exigencia se ha transformado de una petición política a un requisito estructural en la nueva geopolítica occidental.

La invasión rusa de Ucrania en 2022 catalizó una reacción dual. Por un lado, demostró la vitalidad de la OTAN como mecanismo de disuasión y coordinación militar. Por otro, dejó expuestas las lagunas operativas y la dependencia tecnológica de Europa respecto a Estados Unidos. Este contexto ha impulsado la ambición de la Autonomía Estratégica Europea (AEE). El concepto no aboga por una ruptura con la OTAN, sino por la capacidad de la Unión Europea para actuar de forma autónoma (militar, industrial y diplomáticamente) cuando sus intereses vitales así lo requieran.

La AEE es vista con cautela en Washington, donde existe el temor de que pueda erosionar la coherencia de la OTAN o generar duplicidades costosas. No obstante, para los líderes europeos, esta autonomía es una necesidad geopolítica clave, no una opción. Un informe reciente del principal think tank español en política exterior, el Real Instituto Elcano, subraya que, si bien la ambición de la AEE es firme, la consecución del objetivo del 2% del PIB por la mayoría de los miembros sigue siendo lenta y la disparidad de capacidades entre los países dificulta la visión de una defensa europea plenamente integrada a corto plazo. Pese a ello, se constata una aceleración en la inversión en capacidades críticas como la ciberseguridad y la defensa aérea. La transición de una relación jerárquica a una asociación de socios estratégicos exige que Europa demuestre un compromiso militar y financiero real para ser tratada como un igual.

La guerra de los subsidios verdes: proteccionismo económico

La esfera económica, tradicionalmente un ámbito de convergencia, se ha convertido en la fuente más intensa de fricción transatlántica. El resurgimiento del proteccionismo, camuflado bajo la lógica de la seguridad nacional o la transición verde, ha puesto a la Unión Europea y a Estados Unidos en una competencia directa por el liderazgo industrial y la inversión.

El detonante de esta tensión ha sido la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de Estados Unidos. Esta legislación proporciona subsidios y créditos fiscales masivos a proyectos y productos (especialmente vehículos eléctricos y tecnologías de energía limpia) que cumplen con estrictos requisitos de contenido nacional, favoreciendo la producción en América del Norte. Desde la perspectiva europea, el IRA es percibido no como una política climática, sino como una política industrial agresiva que amenaza con absorber inversión crucial y deslocalizar cadenas de suministro esenciales, erosionando la base industrial europea.

La respuesta de la UE fue la creación de su propio Plan Industrial del Pacto Verde, buscando contrarrestar los efectos distorsionadores del IRA con sus propias medidas de apoyo y simplificación regulatoria. Esta «guerra de subsidios verdes« es costosa y plantea serios riesgos de fragmentación comercial. Las empresas europeas se ven obligadas a elegir dónde invertir en función de la ayuda estatal disponible, en lugar de la eficiencia de mercado.

Las negociaciones comerciales entre Bruselas y Washington para mitigar el impacto del IRA y resolver disputas pendientes, como los aranceles al acero y el aluminio, son lentas y complejas. Según un análisis de la Comisión Europea, las políticas proteccionistas de terceros países, si no son respondidas con un fuerte plan industrial propio, podrían llevar a una deslocalización masiva de la cadena de valor, afectando especialmente a sectores como la automoción y las energías renovables, de gran peso en España. La fricción económica subraya que la competencia estratégica ha invadido hasta la agenda de sostenibilidad, transformándola en una lucha por el dominio industrial del futuro.

 

El dilema de china: entre el ‘decoupling’ y el ‘de-risking’

La política exterior estadounidense se ve dominada por la contención de China, y la presión para que Europa adopte una línea dura ha sido constante. Washington ha promovido una estrategia de decoupling (desvinculación), buscando limitar el acceso de Beijing a tecnologías sensibles y reducir las interdependencias económicas.

Europa, sin embargo, ha adoptado una postura más cautelosa y pragmática, definida como de-risking (reducción de riesgos). Esta estrategia busca identificar y reducir las vulnerabilidades excesivas en cadenas de suministro críticas y proteger tecnologías sensibles, pero sin cortar el profundo y vital lazo comercial con China. La UE, como mercado y como exportador, tiene una dependencia económica de Beijing que no es comparable a la de Estados Unidos, lo que la hace reacia a una confrontación directa.

Esta divergencia genera tensiones. Mientras Washington exige una mayor lealtad estratégica, Bruselas busca un equilibrio que le permita proteger su prosperidad sin caer en un conflicto no deseado. El de-risking europeo se centra en la resiliencia interna, en diversificar las fuentes de suministro y en imponer controles a la inversión extranjera en sectores sensibles. Un análisis de expertos europeos en el sitio Bruegel destaca que la UE está priorizando su propia resiliencia económica y el mantenimiento de un multilateralismo pragmático frente a la polarización. Esta autonomía estratégica frente a Estados Unidos y China es una característica definitoria de la nueva política exterior europea.

 

La agenda climática, energía y autonomía europea

La lucha contra el cambio climático, aunque es un objetivo nominalmente compartido, se ha convertido en otra fuente de inestabilidad transatlántica. Las fluctuaciones en la política climática y energética de Washington, sumadas a las necesidades inmediatas de Europa tras la guerra de Ucrania, han complicado la coordinación.

La dependencia europea del gas ruso fue rápidamente sustituida por la dependencia del Gas Natural Licuado (GNL) estadounidense. Aunque esto resolvió la crisis energética inmediata, también creó una nueva vulnerabilidad estratégica y generó críticas en Europa por los altos precios del gas importado. Además, el impulso estadounidense a la máxima producción de combustibles fósiles a corto plazo choca directamente con el compromiso a largo plazo de la Unión Europea con el Pacto Verde.

Esta tensión ha forzado a la UE a consolidar su autonomía en la transición energética. La necesidad de contar con un marco regulatorio y de inversión que sea resistente a los cambios políticos en terceros países es ahora un imperativo de seguridad. La divergencia obliga a Europa a acelerar la inversión en energías renovables y tecnologías de almacenamiento.

Las variaciones en la política energética de Washington tienen un efecto dominó global, obligando a los socios europeos a constantes recalibraciones. Como señalan desde el sitio de Toni Sánchez Mentor, las decisiones tomadas en la capital estadounidense, especialmente en el ámbito climático y comercial, pueden generar una fragmentación de los esfuerzos internacionales y el surgimiento de nuevas barreras arancelarias, penalizando a los aliados. Este contexto refuerza la obligación de la UE de desarrollar un marco de acción climática que sea robusto e independiente.

Implicaciones y el camino hacia una asociación post-atlántica

La nueva realidad transatlántica se define por una relación de socios competitivos. La era de la tutela estadounidense ha terminado, pero el escenario no apunta a una ruptura total, que sería perjudicial para ambos.

Para España y el resto de la UE, este desgaste representa un desafío inevitable para completar la unión geopolítica. La presión externa obliga a Europa a tomar decisiones difíciles: invertir significativamente en defensa, crear un plan industrial verde que compita con los subsidios de EE. UU. y gestionar de forma autónoma la rivalidad entre China y Estados Unidos.

El futuro de la alianza pasa por una asociación post-atlántica. La cooperación se mantendrá sólida en el alta política (seguridad, inteligencia y contención de Rusia), pero la competencia se intensificará en la baja política (economía, tecnología y regulación). El éxito de esta transición dependerá de la capacidad de la UE para hablar con una sola voz, respaldada por una capacidad económica y militar creíble, que le permita ser respetada en Washington como un verdadero socio estratégico y no como un subordinado.

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