Moverse para vivir mejor: emigrantes, inmigrantes y burocracia en la historia de España

Antes de que existieran los países, ya existía la migración. Antes de que hubiera pasaportes, fronteras, visados o permisos de residencia, los seres humanos ya se movían de unas tierras a otras. Lo hacían por las mismas razones por las que se mueven hoy: porque donde estaban no había suficiente comida, porque había una guerra, o porque alguien les había contado que al otro lado de la montaña o del mar había algo mejor. La movilidad no es una anomalía en la historia humana. Es una de sus constantes más antiguas y más irreductibles.

España lo sabe mejor que la mayoría. Este es un país que ha sido, a lo largo de su historia, tierra de salida y tierra de llegada de habitantes en proporciones que han variado según el momento. Un país que envió a millones de personas a América durante siglos, que vio marchar a sus trabajadores al norte de Europa en los años cincuenta y sesenta, que después se convirtió en destino de inmigración masiva y que hoy vive ambas cosas a la vez: sigue habiendo españoles que se van, y siguen llegando personas de todo el mundo buscando lo mismo que buscaban los que se fueron.

Contar esa historia y entender de dónde venimos en esto, ayuda a mirar el presente con perspectiva, con menos miedo y, sobre todo, con empatía.

Una historia tan vieja como la humanidad

Los primeros movimientos migratorios de los que tenemos registro en la península ibérica se remontan a miles de años antes de nuestra era. La península no era un extremo del mundo sino un cruce de caminos: por ella pasaban rutas comerciales, ejércitos, colonos y pueblos enteros en movimiento. Los íberos, los celtas, los fenicios, los griegos, los cartagineses, los romanos, los visigodos, los árabes o los bereberes: todos llegaron en distintos momentos y por distintas razones, y todos dejaron una huella en lo que hoy somos. En el idioma, en la arquitectura, en los apellidos, en la forma de cultivar la tierra y de entender el tiempo… La España actual es, en buena medida, el resultado de esas capas sucesivas de personas que vinieron de fuera y que, con el tiempo, dejaron de ser de fuera.

Cada una de esas llegadas transformó la península de maneras que todavía se pueden rastrear. Los romanos trajeron el latín, que es la raíz de la lengua que hablamos, el derecho, las calzadas y una forma de organizar el territorio que duró siglos. Los visigodos, que llegaron cuando el Imperio Romano se desmoronaba, aportaron sus leyes, costumbres y nombres propios que siguen siendo comunes hoy. Y la llegada de los árabes en el siglo VIII cambió la península de una forma tan profunda que ocho siglos de presencia dejaron una herencia que está en todas partes: en la arquitectura de Andalucía, en cientos de palabras del castellano, en técnicas agrícolas, en matemáticas o en astronomía.

Durante la Edad Media, las ciudades españolas más dinámicas eran lugares de convivencia entre comunidades de orígenes distintos. Toledo, Córdoba, Sevilla o Zaragoza tenían barrios donde convivían, no siempre sin tensiones, pero sí con una cercanía que resultaba productiva, comunidades cristianas, judías y musulmanas. Las juderías, las morerías, los barrios de mercaderes genoveses o flamencos: la diversidad no era una excepción sino una característica de los lugares que funcionaban, de los que tenían comercio, conocimiento y vida cultural. Los traductores de la Escuela de Traductores de Toledo, que pusieron en latín textos árabes y hebreos, son uno de los ejemplos más conocidos de lo que ocurre cuando personas de distintas tradiciones trabajan juntas: se produce algo que ninguna de ellas habría podido producir sola.

La expulsión de los judíos en 1492 y la posterior expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII fueron, entre otras cosas, un golpe económico y cultural enorme que tardó décadas en notarse del todo. Se fueron artesanos, médicos, comerciantes o agricultores que conocían técnicas de irrigación que nadie más sabía aplicar. Ciudades enteras perdieron parte de su tejido productivo de un día para otro. Fue una demostración temprana de algo que la historia ha repetido en muchos otros contextos: expulsar a quienes no son como tú casi siempre te empobrece más a ti que a ellos.

La conquista y colonización de América es otro capítulo de esta historia, con todas sus contradicciones y con toda su violencia. Millones de españoles cruzaron el Atlántico a lo largo de tres siglos, desde soldados y clérigos hasta campesinos y aventureros que buscaban lo que en casa no podían encontrar. Se mezclaron con las poblaciones locales, en muchos casos por la fuerza, y con las personas traídas desde África en condiciones de esclavitud, creando sociedades nuevas que hoy tienen sus propias identidades pero que llevan en ellas el rastro de todo ese movimiento forzado y voluntario. América Latina es también, en parte, una consecuencia de la migración española. Y España es también, en parte, una consecuencia de lo que América devolvió: palabras, alimentos, metales e ideas.

El siglo XX: cuando los españoles se fueron

El siglo XX es el capítulo migratorio que más cerca nos queda y el que más familias españolas llevan tatuado en la memoria. La Guerra Civil española produjo uno de los mayores éxodos de refugiados de la historia europea: más de medio millón de personas cruzaron los Pirineos en los primeros meses de 1939, huyendo de la derrota republicana. Muchos de ellos nunca volvieron. Sus descendientes siguen viviendo en Francia, en México, en Argentina, en todos los países que los acogieron cuando los suyos los expulsaron.

Después vino la emigración económica de los años cincuenta y sesenta. España era un país pobre, rural y cerrado, y el norte de Europa necesitaba mano de obra para su reconstrucción de posguerra. Alemania, Francia, Suiza o Bélgica recibieron a cientos de miles de trabajadores españoles que se fueron con una maleta de cartón y las direcciones de algún conocido que ya había hecho el camino antes. Eran personas que dejaban atrás a sus familias, que vivían en condiciones muy duras, que mandaban dinero a casa cada mes y que soñaban con volver cuando hubieran ahorrado suficiente.

Muchos volvieron. Otros se quedaron. Sus hijos crecieron entre dos idiomas y dos culturas, sintiéndose de ningún sitio del todo y de los dos a la vez. Esa experiencia, que durante décadas se vivió como algo de lo que casi no se hablaba, es parte fundamental de lo que España es hoy.

La España que recibe

A partir de los años noventa y especialmente en la primera década de los dos mil, España vivió una transformación demográfica sin precedentes en su historia reciente. En poco más de diez años, la población extranjera pasó de ser casi testimonial a representar más del diez por ciento del total. Llegaron personas de Marruecos, de Ecuador, de Colombia, de Rumanía, de Bolivia, de China, de Senegal y de decenas de países más, atraídas por el crecimiento económico, por las redes de connacionales ya establecidos y por la posibilidad de una vida mejor.

Esa llegada masiva cambió las ciudades, los barrios, los colegios, los mercados. Creó tensiones en algunos lugares y enriquecimiento en otros. Y puso sobre la mesa una pregunta que España no había tenido que hacerse de forma tan urgente antes: qué tipo de país quería ser con respecto a las personas que llegaban de fuera.

La respuesta no ha sido siempre la mejor. Ha habido momentos de acogida genuina y momentos de rechazo, políticas de integración razonables y políticas que han dejado a personas en situaciones de vulnerabilidad extrema durante años. La crisis económica de 2008 complicó todo: muchos inmigrantes que habían construido una vida en España se encontraron de repente sin trabajo, sin papeles en regla y sin red de apoyo. Algunos se fueron. Otros se quedaron en una situación de irregularidad que los dejaba fuera de casi todo.

La burocracia detrás de la inmigración en España

Hay una expresión que en España usamos mucho y que resume una realidad enormemente compleja en dos palabras: arreglar los papeles. Detrás de esto hay personas reales, con nombres y con historias, que llevan meses o años viviendo en un país donde trabajan, donde pagan, donde tienen hijos en el colegio, donde han construido una vida, pero donde administrativamente no existen o existen de forma precaria.

La irregularidad administrativa no es siempre el resultado de una decisión de saltarse las normas. En muchos casos es el resultado de un sistema extraordinariamente complejo, con plazos muy ajustados, requisitos que cambian, trámites que se retrasan durante meses y errores burocráticos que pueden costar años de espera. Una persona puede entrar en España con todos los papeles en regla, perder su trabajo, no poder renovar su permiso a tiempo y encontrarse en situación irregular sin haber hecho nada que no fuera perder el empleo en el peor momento.

En ese laberinto, contar con orientación legal especializada marca una diferencia enorme. Uno de los aspectos que más confusión genera es entender cuándo puede iniciarse el proceso de regularización. A veces se cree que basta con encontrarse en España para solicitar un permiso de residencia y trabajo, pero la realidad jurídica suele ser más compleja. Los especialistas de Trámites Fáciles Santander recuerdan que, como norma general, las autorizaciones iniciales de residencia y trabajo deben solicitarse cuando la persona extranjera todavía no reside en España, quedando su concesión condicionada a la obtención del visado correspondiente y al alta en la Seguridad Social tras la entrada legal en el país.

No obstante, existen excepciones importantes. Algunas figuras permiten presentar la solicitud desde España cuando el interesado se encuentra en situación regular, como ocurre con determinadas modificaciones de autorizaciones o con algunos supuestos de residencia temporal para familiares de ciudadanos españoles. En estos casos, la normativa puede incluso permitir trabajar provisionalmente mientras se tramita el expediente. Por eso, antes de iniciar cualquier procedimiento, resulta fundamental analizar las circunstancias concretas de cada persona, ya que una vía que es válida para unos casos puede no serlo para otros.

El trato que no siempre está a la altura

Sería deshonesto hablar de migración en España sin hablar de los problemas que siguen existiendo. El racismo, la xenofobia y la discriminación son realidades documentadas que afectan a personas migrantes en el mercado laboral, en el acceso a la vivienda y en el trato cotidiano. Hay personas que llevan veinte años en este país, que tienen hijos españoles, que han contribuido durante décadas a la economía y a la sociedad, y que siguen siendo tratadas como extranjeras en el peor sentido del término.

Los Centros de Internamiento de Extranjeros son otro capítulo que merece mención. Personas que no han cometido ningún delito penal pueden ser internadas en estos centros durante meses mientras se tramita su expediente de expulsión. Las condiciones en muchos de ellos han sido denunciadas repetidamente por organizaciones de derechos humanos. Es un aspecto del sistema migratorio español que choca frontalmente con los valores de dignidad y respeto que en teoría se defienden.

Las personas que llegan en patera al sur de España o a las islas Canarias merecen también una reflexión honesta. Son personas que han arriesgado su vida porque la alternativa era peor. Tratarlas como una amenaza en lugar de como lo que son, seres humanos en una situación de vulnerabilidad extrema, dice algo sobre cómo una sociedad entiende su propia humanidad.

Lo que nos enseña la historia

Volviendo al principio, a esa idea de que la migración es tan antigua como la humanidad, hay una lección que la historia repite con una regularidad que debería hacernos pensar: las sociedades que han sabido integrar a quienes llegaban de fuera han sido casi siempre más ricas, más creativas y más resistentes que las que se cerraron. Y las que se cerraron, que expulsaron o marginaron a los que no eran de allí, pagaron ese error durante generaciones.

España tiene en su propia historia los dos ejemplos. Sabe lo que es ser el país que expulsa y sabe lo que es ser el país cuyos hijos se van. Esa memoria, si se activa, debería producir algo más que discursos: debería producir una forma de tratar a las personas que llegan que esté a la altura de lo que este país ha vivido y de lo que dice ser.

Como documenta Amnistía Internacional España, que lleva años monitorizando las condiciones de vida y el trato a las personas migrantes en nuestro país, los avances legislativos de las últimas décadas no han sido suficientes para garantizar que todas las personas que llegan a España sean tratadas con la dignidad que les corresponde. Queda trabajo por hacer, y ese trabajo empieza por reconocer que detrás de cada expediente de extranjería hay una historia que merece ser escuchada.

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